Entrega del "Nunca Más"
El Maestro de Santos Lugares...
Palabras para acompañar la naturaleza...
Los japoneses, que conocieron el fuego atómico, no deben plantearse la energía nuclear en función de la productividad industrial, es decir, no deben tratar de extraer de la trágica experiencia de Hiroshima una receta para el crecimiento. Al igual que en el caso de los seísmos, los tsunamis y otras calamidades naturales, hay que grabar la experiencia de Hiroshima en la memoria de la humanidad: es una catástrofe aún más dramática que las naturales porque la provocó el hombre. Reincidir, dando muestras con las centrales nucleares de la misma incoherencia respecto a la vida humana, es la peor de las traiciones al recuerdo de las víctimas de Hiroshima. 





Laurent Cantet, uno de los directores más interesantes del panorama europeo, se encomienda en cuerpo y alma a François Bégaudeau, autor del libro original, guionista y protagonista de la película. Sin este profesor de los suburbios parisinos reconvertido en excelente actor, el proyecto de corte humanista de Cantet se hubiera venido abajo. Bégaudeau y sus jóvenes alumnos, todos ellos novatos en la actuación, son el alma, el corazón y la cabeza del filme. Conversan, discuten, gritan, pelean, se aman, se odian y sobre todo sacuden al espectador por medio de diálogos ingeniosos, irónicos, que roban la risa y motivan la emoción. Entre les murs es cine del bueno, del inteligente, del que remueve conciencias.
La realidad representada es ficticia, pero de una autenticidad apabullante, es decir, un retrato sobrecogedor repleto de situaciones y circunstancias que se palpan en la vida diaria de la mayoría de centros escolares públicos franceses y demás países occidentales.

Woody Allen hubiera querido ser Bergman, lo que prueba su buen gusto en materia de cine. Como era previsible, no lo consiguió: cuando uno se pone metas demasiado altas debe estar listo para trabajar mucho y fracasar todavía más. Por suerte, el humor lo salvó y, junto con él, a los honestos cinéfilos, que no se merecían una mala réplica. Y si bien en la inclinación por plantearse grandes cuestiones existenciales Woody se iguala con el sueco, se diferencia de él en materia de gracia. Cuando ríe, Bergman puede ser directo y fresco (recordar, por ejemplo, Sonrisas de una noche de verano ). El humor de Allen tiene su propio sello. No es el séptimo sello bergmaniano, sino el sello de la Séptima Avenida, de los teatros, los cafés y las librerías de Manhattan. Es un humor filoso, intelectual, autoincriminatorio, que se articula con un talento poco usual para el vodevil y con un sentido del ridículo que apunta siempre como primer objetivo contra la figura del mismo comediante. A los 75 años, Woody expresa como nadie el brillo y los traumas de una ciudad que nunca fue tan Nueva York como en sus películas.
Por Hugo Caligaris